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LENGUAJE POSITIVO

13 Sep, 2017 | Psicología Comunicación y Lenguaje

Para este pequeño artículo me gustaría incidir en la importancia de las palabras, de las auto-instrucciones y mensajes que nos enviamos a nosotros mismos ya que son, sin lugar a dudas, una herramienta que puede ser utilizada a nuestro favor o en contra. Por tanto, este lenguaje positivo tiene un peso muy significativo

Cuando tenemos que tomar un medicamento importante, ir al gimnasio (si es que de verdad estamos comprometidos), asearnos y comer, no nos olvidamos ¿verdad? Pues es igual de importante tratar de cuidar y mejorar las palabras y la forma en la que nos expresamos. Según Luis Castellanos, experto en neurociencia: “las palabras son poderosísimas, pueden llegar a determinar el rumbo de nuestro pensamiento, nuestra actitud ante la vida e incluso, nuestra salud y longevidad”, incluso asegura que “el lenguaje nos permite gestionar nuestra propia inteligencia”.

La mayoría de nuestros deseos están centrados en mejorar nuestras circunstancias, pero estamos lejos de plantearnos mejorar nuestro lenguaje: “así soy, así hablo y punto, y a quien no le guste que se aguante…” En realidad, cuando nos paramos a pensar y somos conscientes de nuestras palabras nos damos cuenta de que no vemos el mundo tal y como es, sino tal y como hablamos.

Pero, ¿cómo podemos cambiar el uso de las palabras? Un buen ejercicio es intentar identificar las palabras que queremos que adquieran importancia en nuestra vida, aquellas que queremos hacer nuestras y cuidar especialmente. Me refiero a aquellas que consideremos, una vez parándonos a pensar, que te ayudan a crecer, que son las que deberíamos compartir, las que nos ayudan a transformar nuestras vidas.

¿Por qué es tan importante buscar ese lenguaje positivo? Según el citado autor, las palabras influyen en nuestra posibilidad de supervivencia, ya que la expresión de emociones positivas hace que nos fijemos, que prestemos atención, a aquellos estímulos físicos y mentales que cada vez son más relevantes para llevar una vida duradera, plena y con el mayor grado de felicidad posible. Las funciones vitales del lenguaje positivo en nuestra mente ejercen una influencia creativa en las decisiones más profundas que tomamos.

Las palabras también son hechos, siempre. Tanto si haces lo que has dicho que vas a hacer, como si no lo haces. En el primer caso estarás mostrando un estilo de acción que genera confianza, responsabilidad, seguridad en ti mismo, etc., dependiendo del caso, mientras que en el segundo caso tu estilo de acción generará otro tipo de respuestas.

Pero también en el sentido negativo. La pareja, los padres, o los hijos son los que suelen soportar los efectos devastadores del lenguaje de la ira. Es lo que otro autor, José Luis Hidalgo explica describiendo cómo el enfado desmesurado se propaga con mayor facilidad en los entornos íntimos. Esto se debe a la confianza, y se hace uso de ella. “Las mayores muestras de enojo las solemos cometer en casa, ese terreno que sabemos seguro y donde no hay que fingir. Después del enfado sabes que nadie se irá de casa, que te seguirán queriendo, y que todo quedará en un hecho puntual. Sin embargo, a menudo maltratamos a las personas que nos quieren bien con nuestros gestos indisimulados de fastidio, con nuestro lenguaje descuidado, con palabras hirientes”.

¿Qué podemos hacer para evitarlo?, ¿cómo podemos reconocer y reconducir estas reacciones exageradas ante hechos insignificantes? Existen dos momentos clave para mejorar: uno atendiendo y siendo conscientes de “cómo llegamos a casa”. Antes de entrar por la puerta se debe de pausar, respirar profundamente, por ejemplo, y mandar un mensaje a tu cerebro de que es otro escenario diferente, un lugar que debe de ser cuidado y el ritmo, energía con el que se entre debe de ser positivo, más relajado, diferente. Hay que saber cuándo hacer una pausa.

Y el segundo momento clave consiste en reconstruir o reparar lo que inconscientemente o involuntariamente se ha dañado. Se debe disminuir la culpa que nos arrojamos. o a veces lo contrario, darnos cuenta del efecto de nuestras palabras. En ocasiones nos tratamos duramente cuando perdemos los papeles, y lo pasamos mal precisamente por haber hecho que lo pasen mal los demás y alargamos innecesariamente la reflexión sobre las causas de nuestro comportamiento. Pensamos que así podremos curar las heridas cuando es precisamente lo contrario, no se debe evitar el dar explicaciones o disculparse.

Pero no se debe obviar que castigar con el silencio es más peligroso que con palabras. El silencio es asesino, y se hereda de padres a hijos. Es un pozo sin fondo porque cuando se intenta salir ya no hay marcha atrás. Para romper el silencio muchos autores utilizan el tacto. Con el tacto surge… la palabra, y una cosa lleva a la otra.

Un experimento que muestra esto último es que, si a un sujeto se le priva de la vista y se queda sentado en soledad, entonces se calla. Pero, si le das la mano de otra persona, da igual de quién sea, entonces comienza la conversación. Siempre obtenemos el mismo resultado. El tacto funciona como un gran desatascador de las relaciones humanas.